Juan José Téllez y Clara Montes se sumergieron en FENAVIN de mostrador en mostrador, como aquella mujer que buscaba al que vino en un barco de nombre extranjero

Lanza Ciudad Real
El vino y la música siempre fueron de la mano

El vino y la música siempre fueron de la mano

Junto a Carmen Ciudad, directora en Impronta Eventos, el gran escritor y periodista andaluz y la cantante hicieron de esta actividad de "La Cultura del Vino" un momento mágico

La interpretación de “Tatuaje” de Rafael de León, a capella por Clara Montes acompañada del guitarrista José Luis Montón, puso el colofón a “Vino, canción y copla, de mostrador en mostrador”, actividad de “La cultura del Vino” de FENAVIN, en Ciudad Real, que protagonizó la cantante junto al escritor gaditano Juan José Téllez y a Carmen Ciudad, directora de Marketing en Impronta Eventos, que nos sumergió, de mostrador en mostrador, a lo largo de la historia en este singular recorrido por el vino, la copla, el flamenco y la poesía.

Los asistentes a esta actividad cultural, que presentó la vicepresidenta de la Diputación Jacinta Monroy, navegaron con Téllez, Montes y Ciudad por el mar común de la literatura y la música, desde las Rubayatas de Omar Keiam al repertorio de Chavela Vargas o de Joaquín Sabina, con el ambiente tabernario como barco. En este mar, Téllez nos recordó como la primera vez que aparece impresa la palabra manzanilla fue en 1781, asociada a la picaresca, al tiempo que Ciudad nos recordaba a Cádiz, esa tierra generosa en copla, en vinos y en marineros, como dijo Fernando Quiñones en un verso, que leyó Clara Montes.

De las catedrales del vino de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, “con sus vinos bajo velo de flor, olor y sabor a mar”, siguieron rumbo a Shakespeare, que proclamó en “Enrique IV” “si mil hijos tuviera, el primer principio humano que les enseñaría sería el de adjurar de toda bebida insípida y dedicarse al vino de Jerez”.

E hicieron escala portuaria en Federico García Lorca y en el humor, al recordar a La Niña de los Peines, que jamás perdonó a Lorca que contase una anécdota con lenguaje poético vinatero y tabernario, porque “sencillamente ella era abstemia”.

Tras intercambiar impresiones sobre el vino y el flamenco, recordó Téllez en esta travesía cómo “literatura y vino se juntaron para siempre en España en la llamada Generación del 50 con autores como Claudio Rodríguez que, no sin intención, tituló ‘Don de la ebriedad’ a uno de sus libros inmortales”, acompasándole Clara Montes con un poema del mismo.

Y Ciudad hacía referencia a las novelas sobre el vino, como “La Bodega” de Blasco Ibáñez o “Dos días de septiembre”, con parada poética de Téllez al leer la hazaña anual de antaño de los pisadores de uva de Bonald, “esa antigua  ceremonia de trabajo y lujuria, que hoy los tiempos han cambiado y convertido en una máquina eficiente y fría, que hace con rutina aquel rito”.

No olvidaron “el vino manchego de Félix Grande, de Eladio Cabañero, de Valentín Arteaga o de García Pavón, en las páginas de Los Carros Vacíos o de La Mancha de Sangre. Pero también es el vino trasatlántico de Borges”, añadía el poeta gaditano, mientras Carmen Ciudad leía poesía del argentino y Clara Montes recitaba la Oda al Vino del iraní Omar Keiam, que termina con estos magníficos versos: “porque Dios cuando bendijo el agua la transformó en vino/ y porque cuando bendijo el vino lo transformó en sangre…/ si te ofrezco mi vino… ¡no me llames mercader!”.

Está claro que el vino y la música siempre fueron de la mano, y así recordaba el escritor andaluz a Rafael Farina, quien bebía vino amargo, por culpa de una mujer, “porque dentro de mí llevo la amargura de un querer”.

Y hablando de beber, “nadie ha bebido más en los escenarios que Chavela Vargas, cuyo centenario de su nacimiento se cumple este año, y que nos invitó siempre a compartir con ella el último trago”, nos recordaban al tiempo que recitaban esa canción, y después Clara Montes entonaba por lo bajini María la Portuguesa, de Carlos Cano.

La cantante siguió con Concha Piquer, recitando “En tierra extraña”, mientras Téllez hacía lo propio con un poema suyo al ron cubano, porque “los jóvenes, dicen, ya no saben beber vino, quizá por eso, cuando yo era joven, le dediqué unos versos al ron, a un Havana Club de cinco”.

La travesía ya llegaba a su fin, Carmen Ciudad despidió a los presentes “de mostrador en mostrador, como aquella mujer que buscaba a un hombre que vino en un barco de nombre extranjero, en la célebre copla de Xandro Valerio, Rafael de León y Manuel Quiroga, hemos llegado a donde teníamos que llegar, a nuestros labios al borde de una copa”.

Eso sí, había que terminar tatuándonos la copla, la poesía y el vino, con la “voz de rosa y luz” de Clara Montes, que dijera Antonio Gala sobre la cantante, quien cantó a capella “Tatuaje”, junto al guitarrista José Luis Montón, cerrando esta cita mágica de FENAVIN.