Acompañar a la Virgen hasta el final

Fermín Gassol Peco Ciudad Real

Una procesión no es un acto social, ni cultural, se trata de una celebración religiosa, que tiene como todas ellas, un comienzo y un final; en la procesión de la Virgen del Prado ayer, el acto terminó cuando el obispo que la presidía impartió la bendición y dijo a los asistentes, “podéis ir en paz”.

Estas líneas no las quise escribir el pasado año, pues por mi condición de Hermano Mayor, no me parecieron oportunas. Este año, sin embargo, lo hago como un hermano más, veterano hermano, eso, si, con sesenta y cuatro años de antigüedad en la Hermandad.

Lo primero que quiero dejar claro es el hecho palmario de que todas las personas que acompañamos a la Virgen en las procesiones de los días 15 y 22, lo hacemos por devoción a la Virgen del Prado y quiero entender también, aunque me consta que el algún caso ni eso, a la Virgen María, libre de cualquier advocación.

Dicho esto, expresar inmediatamente que el grado de religiosidad de esos miles de fieles solamente lo sabe la Virgen, como intercesora nuestra ante su Hijo. Nadie, siquiera la Iglesia lo sabe, ni es quien para juzgarlo. Sin embargo una cosa es notoria: Mientras que la nave central de la Catedral se llena a diario durante estos días en los que la Virgen está abajo, la capilla del Santísimo se encuentra casi vacía, cuando y esto es fundamental, la Virgen en sí misma no sería nadie en especial, si no fuera por su condición de Madre de Jesucristo, cuya presencia real está precisamente en esa Capilla llamada del Santísimo y en las Sagradas Formas custodiadas en el Sagrario.

Rezar a la imagen de la Virgen y no pasar antes o después a saludar a quien realmente está habitando la casa en la que estamos, supone, creo, un grado de religiosidad que no ha llegado a penetrar de manera suficiente en la Fe. Porque fundamental es saber que no creemos en la Virgen, creemos o así debe ser, en su hijo Jesucristo muerto y RESUCITADO, único fundamento de nuestra Fe.

Lo segundo que quiero expresar tiene que ver ya en concreto con la Hermandad en la que el comportamiento de los hermanos es de lo más divergente por llamarlo de alguna manera. Muchos y digo muchos mantiene una actitud incomprensible pues ni pasan a la Catedral a saludar a la Virgen. Esperan en los bares cercanos, en los alrededores…y al terminar la procesión…entran por una puerta y salen por la otra…se quitan la chaqueta y la corbata y a tomarse una caña en el bar o a su casa. A las pruebas me remito, Cuando la Virgen regresa a la Catedral, el número de hermanos que la seguimos acompañando es ridículo.

Si estos hermanos podrían ser incluidos en el primer punto de este artículo, he de decir que por lo visto año tras otro, la asistencia a la procesión de muchos hermanos parece limitarse a ponerse guapos y desfilar ante miles de ciudadrealeños, cual pasarela exhibiendo su pertenencia a un club social. Sé que estas palabras son muy duras, pero el comportamiento de estos hermanos no deja de ser tan incorrecto como incomprensible.