Mi feria de Valdepeñas

Joaquín Brotons Peñasco Valdepeñas
Los famosos fotógrafos ambulantes, con un caballo de cartón-  incluso disecado-, hacían fotografías a las criaturas / Lanza

Los famosos fotógrafos ambulantes, con un caballo de cartón- incluso disecado-, hacían fotografías a las criaturas / Lanza

Hay un conocido dicho popular, que dice: “Cada uno cuenta la feria según le va, en ella”, que también se aplicaba al servicio militar obligatorio, más conocido como: “La mili”. Pues yo voy a contar mi feria de Valdepeñas, la de mi infancia, adolescencia y juventud…

En primer lugar y antes de entrar en el tema, tengo que aclarar, que el autor de este artículo, fue un niño raro, raro, raro, que no esperaba las fiestas de la feria con gran entusiasmo e ilusión, como solían hacer la mayoría de los críos, dado que la feria empezaba con un acto nada de mi gusto y que me daba verdadero pánico, que era la popular “Traca”- encendido de los cohetes-, cuyo atronador ruido me causaba auténtico terror, hasta el extremo de ponerme a llorar como una plañidera y esconderme tras la faldas de mi madre, que siempre fue mi protectora, mi salvadora…

Así que, no puedo decir, como dicen otros amigos de mi misma edad, que guardan un grato recuerdo de la feria de “La ciudad del vino”, lo que no quiere decir, en absoluto, que no sienta nostalgia por muchas cosas que nos traían las famosas fiestas de agosto, que ya se han perdido irremediablemente, dado que el paso del tiempo, otras generaciones y formas de divertirse, han cambiado totalmente, porque ya no se ve a los turroneros andaluces-la mayoría de la provincia de Córdoba- vender sus enormes trozos de turrón de cacahuete y sus almendras garrapiñadas artesanales que, en sus carros-mostradores empujaban ellos mismos,  iluminando la noche con aparatos de  carburo, que desprendían un extraño olor a azufre, que a mí me gustaba.

Tampoco se ve ya a los famosos fotógrafos ambulantes, que con un caballo de cartón-  incluso disecado-, hacían fotografías a las criaturas, como aparece una en esta reseña, en la que estoy montado en uno de esos potros, en los últimos años 50.

Evoco con nostalgia de mis tiernos años de churumbel algunas de las atracciones que traían los feriantes, como los preciosos-nada que ver con los actuales- caballitos de toda la vida, que giraban y giraban en redondo cientos y cientos de veces cada noche, hasta el extremo de que casi todas las fotos que tengo y que ilustran este texto, estoy subido en dicha atracción.

Por el contrario, detestaba el “Trenillo de la bruja”, especialmente cuando el pequeño ferrocarril entraba en el oscuro túnel y la bruja, también oculta en un extraño hueco del recorrido del convoy, daba escobazos sin parar. Por supuesto, ni que decir tiene, que jamás fui de esos chiquillos que osaban quitarle la escoba a la bruja, muy al contrario, me escondía para no recibir sus escobazos.

También me daba miedo el carrusel, particularmente, una especie de cuba, que giraba y giraba continuamente sin parar, hasta que finalizaba el tiempo de funcionamiento de la citada atracción de feria.

 

Adolescencia

Asimismo, recuerdo a un hombre extremadamente grueso-con obesidad mórbida-, que llamaban “El gran Pepíto” y  debía pesar 250 kilos o más, que al pobre lo tenían sentado y casi desnudo-un breve calzón corto- exhibiéndolo como un espectáculo de feria, y sudaba muchísimo, sin parar de beber agua. Quién no recuerda otra atracción, que era un auténtico engaño, que anunciaba por la megafonía “De Guatemala, moster”, un extraño monstruo, que no se sabía lo que era, aunque parecía una persona oculta bajo una manta, que hacía movimientos muy complejos.

Igualmente, me aterraban las norias altas y, ya siendo un adolescente bastante grande- casi un hombre-, me atreví a subir a una de las citadas norias, junto a mi íntimo amigo de correrías de  juventud, Matías López- Tello López, nieto del fundador y propietario de la fábrica de sifones y gaseosas, cuya marca era “Matías López”, que todos los de mi edad recordamos, dado que era muy famosa en aquellos años, en que se hacía el reparto diario con carros tirados por mulas, borricos, carrillos de mano y algún que otro motocarro, vehículo éste último del que tengo mal recuerdo, ya que el citado colega Matías, en una mañana que le acompañé a repartir hielo a los feriantes y puestos de bebidas del recinto ferial, estrelló-sin querer-  el nombrado vehículo a motor contra un esquinazo de la valla que cerraba el Instituto Bernardo de Balbuena, lo que ocasionó, que yo fuera lanzado con la fuerza del golpe al duro suelo de tierra seca, que tenía el parque municipal “Cervantes”.

Joaquín Brotóns en una atracción de la feria / Lanza

Joaquín Brotóns en una atracción de la feria / Lanza

También había un chocolate muy famoso con dicho nombre- no sé si sigue existiendo-, pero nada tenía que ver con el nombrado anteriormente creador de la fábrica de refrescos, gaseosas, sifones, hielo, que también distribuía la conocida marca “La Pitusa”, y que Pepe Verdú-otro de los compadres de la cuadrilla-, le hizo un ripio, que decía: “La pitusa es la gaseosa de mayor economía, y por eso la bebemos en casa todos los días”, aunque había un eslogan publicitario muy conocido, que a mí me gustaba más, ya que era más picante: “En invierno y en verano con la pitusa en la mano”.

Matías era y es un hombre fuerte y muy valiente, atrevido, que movía el cubículo de la noria en la que subimos él y yo, hasta casi darle la vuelta, así que se pueden hacer idea del terror que yo sentía, lo que ocasionó que nunca más en mi vida montara en la famosa “Noria grande”, que llamaban todos los jóvenes y hacían “cola” para subir en ella.

Otra evocación- ya más de  mayor- eran los “Coches eléctricos”, que también subí mucho, pero no me gustaba chocar violentamente contra otros amigos y mucho menos con las chicas, como hacían la mayoría de los hombres de mi época.

 

Juventud…

Después, ya cumplida la mili, sí iba bastante a las ferias con los amigos, que recorríamos las de pueblos cercanos a la “Ciudad del Vino”, como Manzanares, La Solana, Viso del Marqués, Almagro…, que, en un coche SEAT-mil quinientos de color verde, que tenía el padre de mi querido y viejo amigo Miguel Peñasco Velasco,-hermano de la escritora Rosa Peñasco- hacíamos la nocturna ruta de los feriantes, entre otros amigos el citado M. Peñasco y otros colegas de aquellos años locos, en los que engañábamos… a los porteros y nos “colábamos” a los espectáculos musicales y  bailes de sociedad, en los que yo me apoyaba en la barra y consumía bebidas alcohólicas, pero nunca recuerdo haber bailado, ya que jamás fui bailón, además, siempre he sido muy tímido y sigo siéndolo, aunque unas copas de vino-cuando lo bebía- hacían milagros…

Recuerdo con mucho cariño, teniendo yo más de treinta años, una noche de feria, en la población de La Solana- el pueblo de los galanes que, cuando les preguntas cómo les va la vida, contestan “No cabe mejoría”- que tras cerrar a altas horas el bar: “El Penalty”, de Valdepeñas, en el coche de José Luis Álvarez- hijo de Gabriel- y actual dueño del bar-restaurante, nos fuimos a la citada feria, junto a los currantes del local casi centenario: Hilario, Juanito, José Luis y otro trabajador, que barría la terraza y ayudaba a recogerla.  Noche memorable aquella, cuando la tómbola gritaba desde los altavoces “Otra muñeca chochona”, entre otros anuncios publicitarios vulgares.

 

En fin, queridos lectores, que esa es mi feria-mis ferias- de Valdepeñas y de otras poblaciones, que espero les haya interesado y entretenido. Yo, desde éste periódico, les deseo unas muy felices y divertidas ferias de agosto de mi amada ciudad-isla, que un año más, se engalana para celebrarla, en unos tiempos en lo que yo hace ya años que no la visito. Ya lo escribió mi admirado poeta Jaime Gil de Biedma: “De casi todo lo bueno, hace ya más de 20 años”-cito de memoria-.

 

Joaquín Brotóns Peñasco

                                                                                                  www.joaquinbrotons.com