Transmitir conocimientos a las generaciones venideras ya no ilusiona

Matías Iruela Rodríguez*

En mi opinión tenemos un sistema educativo pervertido, en el que los principios de igualdad, gratuidad y laicidad ya solo son vanas palabras.

Durante mucho tiempo, la escuela ha sido ese lugar de civilización que conseguía responder a la promesa de una educación obligatoria, gratuita y laica. Casi cuarenta años después de esta idea nos encontramos con que profesores, alumnos, padres, inspectores e incluso ministros, nadie está contento con un sistema educativo que solo produce frustración, desánimo o asqueo general.

Los profesores en primer lugar: horarios cada vez más cargados, sistema de acceso a la enseñanza pública injusto, formación deficiente y salarios mediocres. La crisis de la vocación por enseñar se convierte en algo terrible. Cuando un padre viene al instituto a reprocharle  a un profesor que ha dicho “coño” en clase, ésta es la prueba que la educación no es el gran sistema civilizador de nuestro país. Al contrario, los profesores nos hemos convertido en “empleadillos” que tienen que rendir cuentas, como un camarero o una cajera de supermercado.

Los alumnos también sufren en clase, un sufrimiento físico (en España el 71% de los alumnos sufren un estado de irritabilidad y el 40% se queja de insomnios frecuentes, según la OMS), y un sufrimiento psíquico, es muy grande la presión que recae sobre sus frágiles hombros y es mayor el aburrimiento que sienten en clase.

En cuanto a los padres, éstos están dispuestos a hacer cualquier cosa para evitar sufrimientos a sus hijos. Así pues no paran de aumentar las escuelas privadas “no concertadas”, es decir sin ayudas públicas y que no tienen por qué atenerse a los programas de la enseñanza pública y sobre todo muchas familias eligen la enseñanza privada “concertada” porque tiene más personal, hay menos incidentes, menos alumnos por clase y menos alumnos que abandonan. Los padres ven en la enseñanza privada un sistema menos rígido, que se ajusta mejor a las necesidades de sus hijos.

En mi opinión tenemos un sistema educativo pervertido, en el que los principios de igualdad, gratuidad y laicidad ya solo son vanas palabras. La buena noticia es que la enfermedad de nuestro sistema educativo es muy fácil de diagnosticar: una descentralización de la educación llevada al extremo y los enfrentamientos ideológicos entre los partidos políticos que nos cambian las leyes educativas en función del partido que gobierna.

Así pues, en lugar de delegar cada vez más competencias educativas en las Comunidades Autónomas, habría que volver a una Educación General Igualitaria sin tantas diferencias de una Comunidad a otra; habría que volver a una centralización que evite que un alumno se vea incapaz de seguir las clases del mismo nivel si cambia de región.

Por otro lado todos los actores de la educación (profesores, alumnos, padres, inspectores…) echamos de menos un consenso político en esta materia. La ausencia de pragmatismo político impide a España mejorar a nivel educativo: habría que conseguir como prioridad un acuerdo de todos los partidos políticos en materia de educación que impida a los gobiernos sucesivos destruir el trabajo de sus predecesores. No podemos estar con una ley educativa diferente cada vez que cambia el partido político que gobierna.

Yo no creo que el sistema educativo finlandés sea la panacea y que haya que aplicarlo en España. Los alumnos españoles no necesitan ni volver al sistema tradicional de “la letra con sangre entra”, ni tener una conexión 4G en primero de infantil. Nuestros niños necesitan que se les transmitan las ganas de aprender y de aprobar, que se les transmita el gusto por saber. El trabajo es inmenso para todos. Así pongámonos a trabajar: políticos, profesores, padres e inspectores…

*Matías Iruela Rodríguez es profesor del IES “Atenea” de Ciudad Real