La potencia del acuífero mantiene vivas las Tablas en la peor sequía

Supervivientes de mil batallas, la política de compra de fincas y derechos de agua, unida a la batería de sondeos que se hicieron para apagar el incendio de turberas de 2009 (no ha hecho falta usarlos, pero siguen ahí), ha conseguido que las Tablas de Daimiel mantengan el tipo en la peor sequía de los últimos veinte años. Carlos Ruiz de la Hermosa, el director del parque que las vio arder literalmente aquel verano de hace ocho años, cree que es muy difícil que una situación así vuelva a producirse, aunque no oculta su preocupación: “Si no llueve 2018 será un año muy complicado”

27 de octubre de 2017. Media mañana en el parque nacional de las Tablas de Daimiel, un sol más propio de finales de septiembre invita a buscar la sombra mientras se pasea por sus reconocibles pasarelas; la chaqueta sobra, pero los ocres y marrones de la vegetación y la discreta presencia de aves se empecinan en recordarnos que estamos en otoño, y no en un otoño cualquiera.

No llueve “bien” desde hace cuatro años consecutivos y la sequía se agrava en un humedal superdelicado que sin embargo mantiene encharcadas 500 hectáreas de las 1.800 inundables. Hasta el río Guadiana, primer impacto visual con el paraje, lleva agua a la altura del molino de Molemocho si bien es cierto que no corre; ¿Cómo es posible?:“Este otoño se está poniendo de manifiesto la potencia de las aguas subterráneas. Que el río Guadiana dejara de aportar agua al parque el 12 de julio nos da una idea de la potencia de un acuífero que hay que mimar y cuidar”, subraya Carlos Ruiz de la Hermosa, el director conservador de este parque nacional.

Afectado por acuíferos subterráneos que ocupan medio millón de hectáreas de la provincia de Ciudad Real, las Tablas y sus 3.030 hectáreas son una islita en medio de esa inmensidad. El ámbito de actuación es el entorno inmediato y este ha cambiado mucho en los últimos años.

“En peores plazas hemos toreado”

“En peores plazas hemos toreado”, asegura Ruiz de la Hermosa, cuando se le pregunta por la situación actual. Director desde 2006, tuvo que afrontar su primera gran crisis de gestión en el verano de 2009 cuando el parque se quemó por dentro por la falta de agua de la vegetación subterránea, las turbas, cuya autocombustión lo dejó al borde de la desaparición.

“La turba es la capa vegetal que hay entre la superficie y las calizas, hablamos de un material superpermeable que ralentiza el flujo del agua, si eso lo pierdes acabas con la capacidad de retener agua y sin agua un humedal no puede existir. Esa era la situación”, rememora Ruiz de la Hermosa.

Para contrarrestar eso el parque nacional, dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, construyó una batería de pozos de emergencia muy importante, que ante una situación similar permitiría humedecer el subsuelo, al tiempo que siguió con la política de adquisición de fincas iniciada con el milenio para reducir las extracciones del acuífero.

Las Tablas vistas desde la Dehesa del Quinto de la Torre, la nueva parte

Las Tablas vistas desde la Dehesa del Quinto de la Torre, la nueva parte "terrestre" del humedal / J.Jurado

Las Tablas de la Dehesa del Quinto de la Torre

Entre 2000 y 2014 se han incorporado unas dos mil hectáreas más de terrenos colindantes de monte mediterráneo, lo que además de agua (no se riega) ha supuesto la inclusión de zonas con un gran valor ambiental como la Dehesa del Quinto de la Torre o el Calaminar, a las que sólo se puede acceder en las visitas guiadas que ofertan las empresas turísticas que operan en el parque.

“En estos años ha habido un parón que esperamos retomar para mejorar el puzle puesto que se ha visto que ha dado resultado”. Ahora el parque tiene la vista puesta en el deslinde del cauce del Guadiana y el director reivindica la inclusión de los Ojos del río, en Villarrubia, antiguo rebosadero natural del acuífero.

La tubería y las lluvias de 2010 evitaron el desastre

Pero lo que evitó el desastre total en 2009 fue la tubería de la Llanura Manchega (no está lista para el abastecimiento a las poblaciones), que trajo agua del Acueducto Tajo-Segura y sobre todo que aquel invierno se produjo el último episodio extraordinario de precipitaciones en el Alto Guadiana. Llovió tanto que se desbordaron las previsiones más optimistas, las Tablas se inundaron como nunca y en cierta forma vive de aquellas rentas.

“Ahora mismo tenemos agua por dos factores, a escala acuífero se ha producido una recuperación de los niveles piezométricos y nos encontramos en un escenario similar al del 2012, en condiciones más favorables que en años anteriores; y por otro lado ha habido una reducción de las extracciones en el entorno inmediato. Todo eso hace que el agua nos dure más que en los buenos años de lluvia anteriores a 2009”.

Los pozos siguen ahí

Entonces no hizo falta recurrir a los sondeos, pero ahí están. Entre lo que se podría extraer de urgencia de esos sondeos y los derechos de agua recuperados de las fincas compradas el parque podría disponer de 12,2 hectómetros cúbicos de agua si fuera necesario. Así lo recoge su plan de uso y gestión -pendiente del último trámite administrativo para que entre en vigor- y el Plan Hidrológico de la Cuenca del Guadiana que se aprobó en 2015 (habría que pedir autorización a la Confederación para disponer de esa agua).

El plan de gestión también reconoce el derecho legal de las Tablas a echar mano del Acueducto Tajo-Segura (hay una compuerta que conecta el trasvase con el arroyo Valdejudios y lleva el agua hasta el río Cigüela y de ahí al parque nacional), pero tal y como están los pantanos de cabecera del Tajo y siendo realista esa opción no sería posible esta vez.

“Tenemos más alternativas, aunque lo ideal vuelve a ser que el parque se inunde manera natural por eso si no llueve en los próximos meses 2018 será un año muy complicado”, admite el conservador.