Una de las protestas de los

Una de las protestas de los "chalecos amarillos" /E. Press

La comunicación, saberse “comunicados”, ha teñido de amarillo a los protagonistas de esos diferentes rechazos y, hoy por hoy, el amarillo es el color más identificador a nivel europeo para contar lo que nos pasa en una sola fotografía, asegura Aurelio Romero en este artículo

La niebla amarilla

Hoy, el amarillo de los chalecos parisinos, los lazos y banderolas en Catalunya y hasta algunos adornos de balcones en la Andalucía electoral, ya significa lo mismo -permítaseme la generalización- o casi: rechazo. Luego, el origen es diverso, el objetivo más variopinto aún y la causa real, la más profunda, un abismo entre unos casos y otros

Si no hubiese sido porque por entonces era un color maldito, con mala fama en los escenarios y poco aceptado por la moda reinante, la Puerta del Sol de Madrid hubiese sido aquel 15M una gran mancha amarilla sobre el negruzco asfalto de las calles. Esa mezcla de colores que en Uruguay llaman con desprecio “colores tierra” (vulgares) aunque su equipo de fútbol principal use ese contraste colorido en su equipamiento.

Hoy, el amarillo de los chalecos parisinos, los lazos y banderolas en Catalunya y hasta algunos adornos de balcones en la Andalucía electoral, ya significa lo mismo -permítaseme la generalización- o casi: rechazo. Luego, el origen es diverso, el objetivo más variopinto aún y la causa real, la más profunda, un abismo entre unos casos y otros.

La Bastilla nacional

La comunicación, saberse “comunicados”, ha teñido de amarillo a los protagonistas de esos diferentes rechazos y, hoy por hoy, el amarillo es el color más identificador a nivel europeo para contar lo que nos pasa en una sola fotografía: desde el brexit inglés, al rechazo de las autonomías; de la toma de las barreras levantadas en las autopistas catalanes, a la toma del Arco del Triunfo, como una nueva Bastilla, que reinaba imperioso y orgulloso de su memoria sobre los Campos Elíseos.

La primera ministra del Reino Unido ha retirado su propuesta de acuerdo entre su país y la Europa comunitaria para no tener que vivir la derrota interna y encontrar un hueco por donde recomponer lo perdido, frente al “no” de la campiña y los jubilados., y sin que el país se le destroce más. El presidente francés Macron, hasta ahora modelo inmaculado para la derecha española, anuncia la subida del salario mínimo en 100 euros para una clase media que perdió el respeto a la grandeur y su color preferido es el amarillo, el que antes era obligatorio para los conductores. Y lo peor es que sus medidas “para calmar” llevarán a lo contrario.

El president catalán Torra ayuna en Montserrat mientras piensa en negro y amarillo en Lituania como paraíso y huye de la derrota de su tragedia política: caminar sin saber a dónde y, según parece, ni por dónde.

Historia verdiblanca

Andalucía cambia su historia verdiblanca por el rojo y gualda (amarillo) de una bandera que hacen suya de nuevo quienes la usan como espoleta de un supuesto cambio, contra quien no supo cambiar, en Madrid o en Sevilla. De momento, se ha llevado por delante la que fue esperanza socialista y se convirtió al final en soberbia, identificada con una dictadura por quienes ni siquiera saben lo que significa esa palabra. Susana Díaz conserva momentáneamente la llave de San Telmo, esa otra Bastilla que la derecha ultra y la extrema derecha se disputan a tres voces. Mientras la izquierda andaluza jugaba al parchís de colores y el antisistema que Podemos lleva dentro mostraba su escala de amarillos, en la otra cara del cartón alguien avanzaba ficha en el juego de la oca por debajo de la mesa, sin necesidad de mover el dado. Y otro alguien se ha llevado el tablero con el amarillo de las banderas ajenas y ante los ojos distraídos.

Los presidentes Quim Torra, Enmanuel Macron y Pedro Sánchez, la primera ministra británica Theresa May y la expresidenta Susana Díaz saben que la pintura amarilla se quita mal del asfalto, que es peor que la cera incolora de la Semana Santa y que el final de los conflictos está lejos en todos los casos. Curiosamente, todos dependen de que se aparquen los colores pasionales de cada cual y comience un nuevo turno de negociación, si es que alguna vez lo hubo en serio. Nadie parece querer repetir la dulce experiencia que describió Lees Daniels para Felicia Lamb, agarrada a la mano del diablo entre la londinense Niebla amarilla”(Tor Books, 1988), camino de la muerte, mientras su marido la busca desesperado. Sólo Torra, el president, parece seguir esa senda inconclusa y sin identificar.

Podría servir de consuelo pensar que el negro de los túneles suele acabar en una claridad amarillenta que, al menos, despeja la visión de lo que nos pasa. Mientras llega esa luz, seguirá habiendo mucha niebla sobre las Tablas de Daimiel.

 

Aurelio Romero Serrano (Ciudad Real, 1951) es periodista y escritor

Blog: Cuaderno de rayas (Diario Lanza Digital)