Carta a los valdepeñeros

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas
Martín-Miguel Rubio, portavoz del Grupo Popular en Valdepeñas / Maite Guerrero

Martín-Miguel Rubio, portavoz del Grupo Popular en Valdepeñas / Maite Guerrero

Estimados vecinos de Valdepeñas:

Mi Partido, el Partido Popular, me brindó la oportunidad hace cuatro años de presentarme como candidato para la alcaldía en la ciudad de Valdepeñas, muy querida ciudad de la que soy vecino hace más de treinta años. Junto con otros amigos del partido, elaboré con la mayor ilusión un programa que, si bien su diseño no era el mejor, contenía sin duda los objetivos mejores para un programa de gobierno local. De hecho, el gobierno de Jesús Martín llevó a cabo numerosas acciones políticas enunciadas en nuestro programa.

Fui derrotado claramente, no ante el PSOE, que pierde en otro tipo de elecciones en Valdepeñas, sino ante el senador Jesús Martín, que en los últimos dieciséis años, a pesar de su draconiano sistema impositivo, rayando siempre la exacción, ha sabido ganarse con su singular gracejo las simpatías de al menos la mitad de los vecinos de Valdepeñas. Desde luego es un buen ejemplo de que es mucho mejor caer en gracia que ser gracioso.

Pero ha sido para mí un honor inmerecido defender la bandera y los ideales constitutivos del Partido Popular durante estos cuatro años desde la oposición, con el constante apoyo de todos los miembros del Grupo Popular, con los que sin duda quedo con una deuda moral y una amistad vitalicia. Y hoy el Partido Popular, liderado por Pablo Casado, es más que nunca la plataforma ideológica de centro-derecha más importante y necesaria para España.

En estos cuatro años, desde la oposición, he intentado con gran esfuerzo representar a los más de tres mil quinientos valdepeñeros que nos votaron. Y lo he hecho sin embarrar el campo de juego y nunca faltando a la dignidad de las personas que ostentan el poder municipal, sino aportando las alternativas de actuación política que se consignaban en nuestro citado programa electoral, y ejerciendo una crítica permanente que revelaba implícitamente otro modo de hacer las cosas.

Es verdad que nuestros adversarios políticos son nuestros “enemigos ideológicos”, y que diciendo al revés el aforismo de Clausewitz la política es la guerra por otros medios, pero las personas de enfrente no tienen que ser moralmente peores que nosotros porque tengan otras ideas o sentimientos políticos distintos, toda vez que la honradez es algo personal e independiente siempre de los grandes idearios políticos; son rivales en la conquista democrática del poder y no demonios.

Y si tenemos que definirlos con una alegoría, la mejor sin duda es la de Gorgias: los rivales políticos son como los pretendientes seductores de una novia que es el pueblo a la que todos quieren llevarse al huerto. Pensar otra cosa es creer que los vecinos votantes son idiotas o, lo que es peor, acabar siendo un sectario que sólo ve de la realidad lo que le permiten ver sus anteojeras ideológicas. Ser demócrata es lo sustantivo, el adjetivo – liberal, socialista, demócrata-cristiano, etc. – es siempre secundario, aun siendo fundamental electoralmente, y para el gusto los colores. En todo caso me negué siempre en estos cuatro años en convertir los plenos en un circo romano de injurias, infamias, invectivas insultantes, ignominias, afrentas y todo aquello que apaga la sed de la vileza de la canalla.

La política municipal es la madre de todas las políticas, porque la ciudad es el único elemento permanentemente tangible de la política, muy anterior a los reinos, los imperios o los estados. La gestión de los asuntos cotidianos de la ciudad es la matriz de toda política verdadera. Antes del Imperio Aqueménida, antes de la liga ático-délica, antes de la liga del Peloponeso, antes del dominio cartaginés, antes del Imperio Romano, lo que había en Occidente eran ciudades (póleis), que la política organiza. Y tras la caída del Imperio Romano, otra vez volvieron las ciudades como repúblicas casi independientes entre cuyos muros toda gran política se agotaba.

La civilización pretendía reincorporarse en las ciudades. El régimen municipal vuelve a tomar, por así decir, aliento e influir sobre el curso general de los acontecimientos. Las ideas de todo hombre, sus sentimientos, adquieren alguna fijeza, como su vida, en la ciudad, en su condición de vecino. El hombre se aferra a los lugares en donde habita, a las relaciones que contrae, a los dominios que desea dejar a sus hijos, a los amigos con quienes goza en lugares conocidos. Nuestra patria pujante es una urdimbre de ciudades, pequeños estados, tallados, por así decir, a la medida de las ideas y de la sabiduría de los hombres que las habitan.

Por ello, todo político de vocación debe pasar por las concejalías, las principales escuelas políticas, y yo siempre estaré inmensamente agradecido al partido que me convirtió en su portavoz en el Ayuntamiento de Valdepeñas y a todos aquellos valdepeñeros que confiaron en nosotros.

Pues bien, ese “intelectual colectivo”, con que Antonio Gramsci definía al partido político, ha decidido que yo no puedo ser otra vez el rival de Jesús Martín en estas elecciones de mayo, en cuanto que parece que otro candidato – en este caso una mujer – puede tener más posibilidades de triunfo. Pero por aquello de la Ley de Hierro de los partidos políticos o de las oligarquías, enunciada por Robert Michels en 1911, el intelectual colectivo gramsciano suele al final reducirse realmente, a causa de la especialización y división de trabajo, a tres o cuatro personas que acomodan los intereses del partido a los suyos propios.

Ahora bien, yo espero que la decisión haya sido acertada y el PP reconquiste el gobierno de la muy heroica ciudad de Valdepeñas. Sólo ello justificaría mi decapitación. Porque sin duda nuestra Valdepeñas necesita un nuevo gobierno local, una renovación de la perspectiva política, limpia de la roña pertinaz de la socialdemocracia, un nuevo carisma de líder liberal.

El largo aposentamiento en el poder genera siempre vicios y reflejos o tics cesaristas por santo que se sea. Aunque se sea el propio Jesús Martín, con quien, por otra parte, siempre me ha unido un trato afectuoso y amigable.

Un abrazo muy grande a todos los vecinos de Valdepeñas, la ciudad fantástica de Francisco Nieva, Bernardo de Balbuena y Gregorio Prieto.

Mi amor a Valdepeñas es indeleble.

 

Martín-Miguel Rubio Esteban

Portavoz del Grupo Popular del Ayuntamiento de Valdepeñas