De etimologistas antiguos y modernos

Martín-Miguel Rubio Esteban

Los etimologistas antiguos – Elio Estilón, Varrón, Lucilio, San Isidoro de Sevilla, Valerio Probo, Servio, Focas, Vacca, etc. – indagaban en la “verdad” de las palabras, un significado oculto que las sostenía, su significado primigenio, su significado esencial. Buscaban afanosos el sentido verdadero (étimos) de la palabra. Étymos tiene que ver con eimí, ser. Etimología como metafísica de la cosa nombrada.

Esta aventura se realizaba a través de la pura elucubración poética, aunque ello supusiera romper las leyes de la evolución fonética de modo caprichoso, creando verdaderas fantasías, que aunque no se adecuaban a la realidad lingüística, al menos acertaban en la esencia mágica y poética de la “realidad de las palabras”.

A partir, sobre todo, del movimiento de los Neogramáticos alemanes, precedidos por La Rotación Consonántica de las Lenguas Germánicas, de Jakob Grimm, como Grassmann, Osthoff, Leskien, Delbruck, etc., se consiguió explicar la evolución de las palabras a través de leyes o reglas que sistematizaban “la vida de las palabras”, en continuo cambio, a través de un eje diacrónico o histórico. Esto es, la lingüística histórica que fundaría el genio desbordante de Ferdinand de Saussure. Toda evolución lingüística se explica o responde a una o varias leyes fonéticas.

Diríase que desde entonces los ejércitos de las palabras avanzan por la historia tímidas, obedientes, sumisas, disciplinadas, bajo leyes incontestables. ¿Entonces nos olvidamos ya para siempre de las etimologías de los eruditos clásicos, sólo estudiadas para reírse de ellas? En absoluto. La afirmación de Giambattista Vico de que cada palabra es una poesía es totalmente cierta. Sólo hace falta reparar en etimologías como la de “hígado” o “thánatos”.

El significado de las palabras sobrepasa la materialidad fónica de las palabras, y el significado de cada palabra depende de la constelación del campo semántico en que esté inserta, incluso a veces en contra de la etimología del propio significante. Las palabras evocan otras palabras, y a menudo los significados reflejos son el fundamento de significados denotativos. Los grandes etimologistas romanos y medievales buscaban la etimología de cada palabra más en las asociaciones de palabras entendidas como evocación poética que en la realidad corpórea de la palabra, indagaban más sobre el espíritu de la palabra que sobre su cuerpo.

A los antiguos no se les ocurrió establecer leyes de evolución fonética porque buscaban otra cosa, senderos jamás roturados. Los etimologistas antiguos, aún confundiéndose en algunos étyma, representan más la verdad de la naturaleza de los significados de las palabras que la lingüística moderna que legisla las evoluciones semánticas. La palabra siempre como poesía oculta o transparente, como el “caracol” en griego, “pheroíkos”, el que porta su propia casa.

El cielo está cincelado

Elio Estilón, por ejemplo, escribe que el cielo (“caelum”) se denomina así porque está cincelado (“caelatum”); o por antífrasis, porque está oculto (“celatum”) lo que en realidad está patente. Elio también afirmaba que terra (tierra) es así denominada porque se la holla (“teritur”). Por eso, en los Libros de los Augures aparece escrito “tera”, con una sola /r/. Por igual motivo decía Terencio Varrón que la extensión que se deja cerca de la ciudad para explotación comunal se llama “teritorium”, porque se pisa (“teritur”) mucho. Sostiene asimismo Varrón que se denomina “humilior” (bastante humilde) a quien se encuentra muy rebajado en tierra (“ad humum”).

San Isidoro de Sevilla sostenía que “cadaver” es una composición acróstica de “caro data vermibus” (carne entregada a los gusanos). Son muy abundantes las etimologías imaginativas del santo cartagenero: “captus” y “captivus”, provenientes de “caput”, cautivo, esclavo, preso, descabezado, porque al perder la libertad queda como sin cabeza, decapitado. “Decorus”, de “decem”, porque diez es el número perfecto. “Debilis”, de “bilis”, de ahí la pena del cuerpo. “Decrepitus”, que se vuelve hacia las tinieblas de la muerte, como el tiempo llamado crepúsculo, que separa el día de la noche. “Egens” y “egenus”, pobre, carente, privado de, indigente, hombre “sine genere” ( sin linaje ). “Formosus”, hermoso. De “forma”, belleza, porque los antiguos decían “formum” a lo caliente, porque el calor – “fervor” – mueve la sangre, y la sangre movida hace la hermosura.

El nombre de “fatuo” vendría de unos adivinos que eran marido y mujer – Fatuo y Fatua -, y fueron llamados primeramente fatuos porque después se maravillaron y se espantaron tanto de sus adivinaciones que enloquecieron. “Futilis”, fútil, vano, superfluo, derivaría de “futis”, vasija de barro, que, vacilante y llena de hendiduras, no contiene lo que se echa en ella. “Incolumis”, incólume, porque sería como una columna erecta, fuerte y estable. “Ignarus”, ignorante, etimológicamente vendría de “sin narices”, porque no sabe oler.

Los “puticuli”

No menos literarias son las elucubraciones etimológicas de Terencio Varrón: Relaciona los “puticuli” o tumbas de fosa a las afueras de las ciudades con “putesco”, pudrir. Preciosa es la etimología varroniana de “spica” – espiga – que la hace derivar de “spes”, esperanza. El mismo nombre de “victoria” viene de que los enemigos son atados, “vinciuntur”. “Lactuca”, lechuga, se deriva de “lac-lactis” (leche), porque esta hortaliza contiene leche. “Torus”, cama, deriva de “tortus” (retorcido), porque así es como se ofrece a la vista. “Poena”, sanción, porque la sanción viene detrás (post) del delito. En realidad, las etimologías antiguas son producto de asociaciones conceptuales, como las llamadas figuras de pensamiento o “phantasíai noêseôs”. Así, el poeta Lucilio hacia derivar la “vita” ( vida ) de “vis” (fuerza). Así nos dice “Vis est vita, vides, vis non facere omnia cogit”.

San Isidoro de Sevilla o Terencio Varrón deberían haber indagado sobre la etimología de “relator”, vocablo con tanta fama estos días; y quizás lo hubieran relacionado con el cómplice facineroso de dos infames jefes de mafias criminales que lo necesitan como apadrinador e intérprete de sus flagiciosos encuentros. Además, entre los antiguos, era costumbre poner entre los malhechores facciosos un cabrón y un cabrito relatores como señal de amistad, y así dice Virgilio en Eneida, II, 502: “sanguine foedantem quos ipse sacraverat ignes”.