La otra riqueza

Manuel Pérez Tendero

La semana pasada, al hablar de la relación con las riquezas, Jesús dejaba en el aire una expresión llena de misterio: llamaba a sus discípulos a superar la codicia y a esforzarse en “ser ricos para Dios”. La tendencia del hombre es “amasar riquezas para sí”; en cambio, Jesús propone “ser ricos ante Dios”. ¿Qué quiso decir con esta expresión? ¿En qué consiste esa riqueza, cómo se consigue?

El evangelio que proclamamos este domingo, continuación del anterior, nos ayuda a comprender mejor esta expresión. Nos fijamos en algunas características de esta riqueza que no se pudre y dura para siempre.

En primer lugar, Jesús llama a sus discípulos “pequeño rebaño” y les invita a no temer, a confiar en Dios. Aquí tenemos la primera clave: ¿no es signo de temor el afán de acumular riquezas? ¿Por qué queremos tener más sino porque nos vemos vacíos por dentro y profundamente inseguros? El dinero ofrece seguridad; pero, ¿es esta la seguridad que afianza al hombre con unos cimientos sólidos y auténticos? Jesús invita a poner la seguridad en la persona, no en las cosas; en Dios, no en lo humano. Podemos atrevernos a decir que existe una relación directa entre deseo de riquezas y falta de confianza en Dios.

El futuro no depende de nuestros bienes, ni de nuestros logros, como no depende nuestro pasado y nuestra misma existencia. Ser pequeños, reconocer la pequeñez, es clave para vivir con alegría, para ser “ricos ante Dios”.

Limosna

En segundo lugar, Jesús habla de limosna: “Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo…”. Ser ricos para Dios, por tanto, consiste en desprenderse por los hermanos: parece que el medio por el que ahorramos para la eternidad es el cuerpo de nuestros semejantes. El necesitado es el banco donde depositamos nuestros bienes para el futuro. Es el principal destino de los bienes: la persona, la justicia, la dignidad de todos. Ser ricos para Dios tiene que ver con empobrecernos por los demás.

“Nada se pierde” podemos decir, nada queda en el olvido cuando está ungido por el amor. El tiempo, el esfuerzo, el dinero perdido por los demás es pura siembra, ahorro de lo que más importa para recuperarlo, con creces, en el futuro.

Ser ricos ante Dios

En tercer lugar, tenemos otra enseñanza fundamental de Jesús que nos ayuda a comprender cómo ser ricos ante Dios. Se trata de la actitud de la esperanza: “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: vosotros estad como los que aguardan a que su Señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame”.

¿No es la codicia una actitud que tiene que ver con el deseo de aferrarse al presente, o a un futuro inmediato? Aferrarse a un presente propio, frente a la actitud de quien se abre a un futuro de otro.

Esta es la esencia del cristianismo: esperar el Tesoro que llega del futuro, estar a la espera del Amado. Si es incierto el futuro y si no esperamos a nadie, ¿cómo no acumular riquezas para asegurar un bienestar que dé sentido a un presente sin horizontes de tiempo y de rostros? El “afán de presencia” nos rescata del “afán de riquezas”.

Menos esperanza

Las sociedades más consumistas son aquellas que menos esperanza tienen, también las más egoístas. Cerrado en mí presente, se me escapa el futuro y pierdo la relación con los otros.

Cada domingo, los creyentes volvemos a decir: “¡Ven, Señor Jesús!”. Cada domingo, por ello, se fortalece nuestra esperanza y se hace posible una generosidad más intensa. La limosna forma parte de la liturgia dominical; la preocupación por los demás forma parte de la esencia del cristianismo.

Pequeñez, desprendimiento y esperanza: he ahí las claves de la riqueza que merece la pena, aquella que nos humaniza y nos hace felices, la “riqueza ante Dios”, sin el cual es imposible encontrar las claves de lo humano.