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03 marzo 2024
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El 15-M, frente 1-0

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Imagen de la manifestación independentista celebrada este lunes en Barcelona con motivo de la Diada / E. Press
Aurelio Romero Serrano
La sociedad española acuñó como marca propia de nuestra evolución política la fecha del 15-M, que parecía ser el arranque de la “España de los indignados”, un movimiento destinado a darle la vuelta a la política de nuestro país.

La sociedad española acuñó como marca propia de nuestra evolución política la fecha del 15-M, que parecía ser el arranque de la “España de los indignados”, un movimiento destinado a darle la vuelta a la política de nuestro país. Nadie duda de que significó un auténtico siroco que, desde abajo, sacó a la luz el rechazo de un país aparentemente dormido y resignado, de una juventud que se creía indiferente a pesar de que era grupo social más afectado, porque el futuro que no aparece cierto siempre está teñido de negro.

Esas y muchas otras razones conocidas convirtieron en marca la fecha del 15M, al que ya nos referimos como si puede el punto y aparte de nuestra vida política más reciente, hasta el dia de hoy. En todo este tiempo, no han faltado las voces que advertían de que el ímpetu de ese movimiento no era suficiente para conseguir que España pasara de hoja, la hoja negra que el PP venía pintando con toda la crueldad de su política social. Que el 15-M era, efectivamente, el arranque de una nueva etapa, que necesitaba de un tiempo que duraría más que la acampada en las plazas públicas para asentar y convertir en un decálogo político inequívoco las naturales contradicciones de la amalgama de la crítica que surgía de múltiples razones. Nada nuevo, por otra parte, de lo que ha ocurrido en otros países: procesos de cambio que sólo son posibles con tres condiciones: unidad, concreción, apoyo social.

La preocupación de que algún partido penetrase el núcleo de decisión de ese movimiento vacunó a la mayoría, tanto que nadie intentó hacerlo de manera abierta. Más hábiles que otros, nació Podemos en la calle de al lado de esas plazas y recogió las pancartas que quedaron en el suelo después del 15-M. El PSOE pasó de la sorpresa a la derrota electoral y, más que impregnarse de esas nuevas/viejas ideas, sufrió una indigestión de historia propia, de ombliguismo que le ha hecho perder el paso durante unos años clave.

Ya es histórica la imagen de división entre los partidos de la izquierda y no iba a ser diferente en estos años. Y tal vez sea más sorprendente la fortaleza del voto a la derecha representada por el PP, incluso en territorios donde, como en Castila-La Mancha, su acción de gobierno ha dejado una huella institucional, social y económica que costará reconducir. Pero no menos sorprendente es el avance de los nacionalismos (salvo en Galicia, donde ha terminado por descomponerse en diversos grupos llamados “Mareas”), a los que une la idea de país propio, como herramienta de propaganda pero que, tanto en Catalunya como en el País Vasco, busca fundamentalmente razones económicas, sea cual sea la realidad económica o social del resto del Estado.

Así hemos llegado a la ocupación del poder institucional absoluto por el PNV, el crecimiento democrático de los nacionalistas catalanes y la práctica desaparición del socialismo en ambas Comunidades Autónomas o la entrega de su apoyo para sobrevivir. De aquel 15-M queda como enseña a nivel nacional Podemos, con sus distintos nombres según la geografía; diferentes criterios según la procedencia organizada o no con anterioridad de sus militantes, y las contradicciones frente a hechos decisivos (no diré históricos) como el triunfo de Rajoy, pese a su minoría parlamentaria, o la pretensión de un referéndum de independencia como el que ha convocado el nacionalismo catalán.

Las imágenes de la Diada de 2017 si que pasarán a la historia: por los gestos de una izquierda que se declara no independentista, en un escenario paralelo al de Junts pel Si y los anticapitalistas de la CUP, y la contradicción con sus palabras; por la equívoca postura de la alcaldesa de Barcelona sobre ceder locales municipales para poder votar y su defensa del derecho a votar en una convocatoria ausente de garantías y que legalmente no se sostiene; y por las confusas afirmaciones de Pablo Iglesias sobre lo que importa hacer en este mes de septiembre (echar a Rajoy), como si eso pudiera resumir la línea de lo que vino a decir el 15-M y si ello valiese como único argumento contra ese referéndum, al que no apoya ni deja de apoyar.

El 15-M no tuvo tiempo para sustanciar sus muchas ideas de libertad, participación y democracia social (tan válidas entonces y ahora) como para reflexionar sobre qué hacer cuando la insolidaridad nacionalista avanza. La entrada del gobierno catalán dando una patada a la puerta del Parlamento de Catalunya no les parece a algunos protagonistas del “post 15-M” una razón suficiente para invalidar con claridad ese referéndum, ni la decisión por parte del nacionalismo de hacerse con la propiedad de toda la comunidad de vecinos, a través de los votos viciados en la forma y el fondo.

Nadie pone ya en duda el valor del 15-M. Pero toda aquella razón parece haberse estrellado por dejación o imprevisión. O falta de coherencia. Tanto da ahora. Más que nunca, el 15-M sigue huérfano y herido por el tiempo que pasa.

(*) Aurelio Romero (Ciudad Real, 1951) es periodista y escritor.

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