Alegraos de su alegría

Manuel Pérez Tendero

Un domingo más, una nueva semana, un nuevo “dominicus”, día del Señor. Un día más en que vivimos de la memoria de un judío que resucitó hace siglos junto a las murallas de Jerusalén. Una jornada más en que los creyentes en ese resucitado se reunirán en su nombre para celebrar su presencia, para hacer memoria auditiva y gustativa de su amor. Cada domingo renace la Iglesia, se renueva porque bebe el vino nuevo de un Espíritu que es eterno y la embriaga con amor limpio y alegría de futuro.

De alegría, precisamente, hablan las lecturas que los creyentes proclamarán en sus asambleas en este día. Una alegría que comienza en los profetas y llega hasta los apóstoles de Jesús.

El profeta Isaías invita a todos los israelitas a gozar con la ciudad santa, que había sido destruida pero que, ahora, recupera su vida y su resplandor: “Alegraos de su alegría, todos los que la amáis”. Para los cristianos, Jerusalén es el símbolo anticipado de la Iglesia. Por eso, este domingo, entendemos las palabras del profeta de forma eclesial: “Alegraos de la alegría de la Iglesia”. También ella es afligida por un mundo difícil y por sus propios pecados; pero ha sido elegida para mostrar a todos la misericordia de Dios, su amor que precede, las posibilidades de su gracia gratuita.

Somos muchos los que amamos a Jerusalén; por eso nos duelen sus pecados, que son nuestros; por eso nos llenan de gozo sus alegrías y consuelos. Jesús de Nazaret nos ha enseñado a mirar a su pueblo, sabemos que él está presente en la asamblea, que no hay cristianismo sin Iglesia. Nunca lo habríamos conocido si los apóstoles no nos lo hubieran regalado, nunca podríamos encontrarlo ahora si nos situáramos al margen de su comunidad.

Una de las fuentes de alegría mayores para los discípulos de Cristo es la belleza restaurada de su Iglesia, su fecundidad siempre sorprendente.

Prepararle el camino

También habla de alegría el final del evangelio que se proclamará este domingo en nuestras iglesias. Los apóstoles son enviados por Jesús delante de él para preparle el camino, para abrir los corazones del pueblo a la misericordia de un Reino que llega. La misión se dio bien, los setenta y dos enviados volvieron felices: tienen autoridad, hay frutos, el mal puede ser vencido cuando anunciamos una Palabra que no es nuestra.

Pero el Maestro, al recibirlos de regreso, les muestra otras claves para descubrir la verdadera alegría: “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”.

No sé cuáles son las fuentes principales de alegría para los apóstoles de hoy, para los discípulos misioneros que siguen habitando los caminos del hombre en nombre del Maestro. Sí veo cuál es una fuente cotidiana de tristeza y de falta de esperanza: el mal no es vencido, la misión no tiene el éxito esperado, los espíritus no se nos someten y el Reino es rechazado por muchos.

Redoblar esfuerzos

Algunos, van perdiendo la esperanza; otros, redoblan sus esfuerzos para conseguir frutos y recuperar la alegría. No sé cuántos, en cambio, se atreven a ir a beber la fuente verdadera de la felicidad del Reino: “Vuestros nombres están inscritos en el cielo”, pertenecéis al Reino, el que os envía os ama y es vuestro futuro. Desde esta seguridad debemos atrevernos a echar las redes, no buscando un éxito que nos devuelva la alegría, sino extendiendo en la misión una alegría que tenemos previamente porque hemos sido amados en el envío.

La eficacia es la clave de las empresas y las audiencias rigen la moral y el futuro de los medios de comunicación. “No será así entre vosotros”, nos dice el Señor de la mies. Estamos llamados a dar fruto porque sembramos en nombre de Otro, la alegría es el origen de la misión. Vivimos en Jerusalén y el Esposo la ha vestido de belleza; cargados de contrariedades, indignos de una misión que nos desborda, tenemos el atrevimiento de los que son felices: es domingo, pertrechados de Su alegría renovamos la misión.