El vocabulario político como adaequatio entre la ideología y la realidad

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas

Platón y Aristóteles veían en el habla de la gente un espejo fluyente en el que se revelaba perfectamente el ser mismo del hablante. Aunque con las palabras se construyeran mentiras, el lenguaje particular de todo hablante nos revela siempre su ser. El lenguaje dice siempre la verdad más honda y definitoria del hablante, aunque éste mienta. Aunque el intelecto no se acomode con la cosa, el habla personalísima y constituyente que corre como un río siempre nos dice la verdad del sujeto hablante. No hay modales que revelen tanto la intimidad del hablante como la propia lengua, que es la casa en donde vive el ser, como esos nidos sencillos que colgamos  en los árboles del jardín con la esperanza de que dos pajaritos aniden y llenen todo el ámbito con sus gorjeos.

Pues bien, esa lengua reveladora y constituyente o fundante de cada individuo también sirve para revelar el ser en su mismidad de un partido político. Porque un partido político es ante todo una casa de palabras singulares, propias del colectivo humano que habita esa casa. Las palabras que usan los partidos políticos no sólo sirven para transmitir y revelar – ¡y también para ocultar, claro! –su ideología e intenciones políticas subyacentes a la misma, sino que también “su” vocabulario delimita el espacio político que cada partido ocupa.

Las palabras sirven para señalar como mojones, estacadas o alambradas el carácter fuertemente fronterizo que tienen los valores políticos que defiende cada partido frente a los de sus adversarios, que son los disvalores de los demás. Es así que cada partido tiene su propio vocabulario irreductible, su propia sintaxis y hasta su propia modulación tonémica.

Todo partido es básicamente una lista de palabras, una resma de términos, un elenco de expresiones, un vocabulario. Por ejemplo, cuando la izquierda en general y sus adláteres nacionalistas hablan del entorno de ETA, el Partido Popular dirá el entramado criminal de ETA. Dos palabras fronterizas y hostiles que fundamentan la política de unos y otros. Tanto los hombres como los partidos políticos somos casas de palabras en las que vivimos y nos revelan lo que de verdad somos – una adaequatio entre el intellectus y la res, que diría Santo Tomás -.

El habitante – ser – de la casa de palabras tiene que estar vigilante – como el pajarillo del nido en el jardín – para que en su casa no se cuele ninguna palabra ajena, enemiga de las propias palabras que forman la frontera de su ser político – en el caso de los partidos -, porque si permite su estancia o morada a palabras enemigas, como elementos de construcción, la palabra enemiga será un Caballo de Troya que destruya la frontera ideológica para que un ejército de palabras enemigas que esperan afuera conquisten y desbaraten las palabras (lógoi) que formaban la casa del partido político. Tanto la persona como el Partido perderían su ser, serían cosas sin ser. Chrêmata áneu heautôn óntos. La hegemonía de la cultura socialdemócrata en la Europa de los últimos cuarenta años ha infestado de caballos de Troya verbales a los partidos liberales y democratacristianos, que deben ser con urgencia y sin piedad barridos a fin de que el ser de esos partidos pueda hablar sin ruidos y eficaz coherencia.

Frente al homogéneo quehacer de la existencia se impone una lengua común, inteligible para todos, pero que no impide las existencias vivísimas de jerigonzas y, sobre todo – en el caso que nos ocupa – de ideologemas. Los vocabularios hostiles, lejos de causar daño, garantizan la diversidad ideológica de la democracia, y su cuidado una garantía contra la uniformidad y la dictadura, que siendo ésta aparentemente de muchos tipos, es siempre la misma.

Somos lo que hablamos, y esto en política es sin duda una perogrullada, perogrullada que a veces se olvida de tan obvia. El hecho de que exista un ser que, al hablar, se realiza y sustancia, y que es capaz de modificar y organizar su estructura ontológica desde algo tan etéreo como las palabras, se expresó desde la Grecia Clásica con dos términos que son ya en sí, una theoría, un reflejo esencial en el fluyente espejo de la intimidad, los términos “educación” y “política”.

En el caso de las palabras propias de un partido político son hipostáticas las palabras de la tradición histórico-política de dicho partido, aquellas que constituyen la memoria común del colectivo. Esas palabras suelen constituir el más amplio y luminoso espejo con el que los afiliados o militantes se identifican con pasión estremecedora en cada acción política, y en cuya evocación sonora renovamos continuamente nuestra propia identidad. Esas palabras estremecedoras, oídas, nos devuelven siempre la aceptación apasionada y fuerte de ser lo que somos.

A las dictaduras les ha gustado siempre expresar la realidad política y sus objetivos inapelables más con las imágenes – cartelería, iconos, películas… el arte plástico en general – que con palabras fluyentes, porque la imagen es siempre más pasión y sentimiento innegociables y menos razón (lógos). Pero los Partidos que sólo expresan su “discorso” con imágenes acaban siendo máquinas irreales, de mente maltrecha y sentimientos magullados o brutales. Incluso amorales entes de ética empresarial.