Pro orantibus

Manuel Pérez Tendero

Cada año, coincidiendo con el domingo posterior a Pentecostés, la Iglesia celebra la Jornada Pro Orantibus. “Pro Orantibus” significa “por aquellos que rezan”, jornada dedicada a ellos.

¿Quiénes son estos que rezan? ¿No lo somos todos los cristianos? Todos sabemos que esta Jornada está dedicada a la vida contemplativa, a tantos monasterios de monjes y monjas que pueblan Europa y el mundo entero, nacidos en los mismos orígenes del cristianismo. ¿Son ellos solos “los que rezan”? ¿No estamos llamados a ser orantes todos los creyentes? ¿Es la oración un privilegio o una obligación exclusiva de los consagrados?

Esta es una primera y fundamental reflexión que hemos de hacer en este día: aquello que todos estamos llamados a realizar, algunos hermanos lo han convertido en programa de vida. Lo han hecho, no solo porque buscan ser cristianos de forma radical y total, sino como servicio a la comunidad entera de los creyentes.

Para que todos recemos ellos lo dejan todo para dedicarse a la oración. Así funciona la Iglesia, que es comunión de los santos; es un cuerpo vivo que tiene muchos miembros, diferentes pero conectados entre sí.

Así sucede con todas las dimensiones de la fe desde los comienzos bíblicos: porque Dios ama a todos los pueblos, elige a uno para introducir la dinámica de la misericordia en la historia; porque quiere que todos seamos misioneros, suscita la misión lejana como forma de vida en muchos creyentes. Lo mismo sucede con la castidad, la pobreza… Los carismas, en la Iglesia, no son un mero reparto de tareas, o un conjunto de peculiaridades que brotan de la diversidad de los que acceden a la fe: los carismas son un servicio a todo el cuerpo, una profecía dirigida por Dios a todos a través de la consagración de unos pocos.

Ser contemplativos

Los cristianos contemplativos que viven en nuestros monasterios, no solo rezan por nosotros, sino que nos recuerdan que todos debemos ser contemplativos, se convierten en aliciente para sus hermanos: nos invitan a rezar más y mejor, proporcionando también lugares idóneos para la oración profunda.

Cuanta más necesidad tenemos todos de rezar, más vocaciones surgirán en la Iglesia a la vida contemplativa.

La oración es el aire que necesitan los creyentes para respirar; la relación con Dios es la sangre que recorre las venas de nuestra fe. La oración no es una afición de personas piadosas que tienen tiempo de sobra: es la gran tarea de la vida. Nos configuran nuestras relaciones, nos convertimos en sujetos frente a aquellos con quienes convivimos y hablamos: por eso, la oración nos configura como personas que se viven hijos de Dios, nos hace crecer como oyentes de la Palabra, nos convierte en sujetos divinos.

La cantidad de tiempo dedicado a la oración y la hondura con que se hace es un claro termómetro de la cualidad creyente de una comunidad, de una familia, de un cristiano. Aquellos que no tienen tiempo para Dios es difícil que puedan tener una fe viva que configure su existencia desde Dios.

La oración

La oración es la actividad más gratuita del ser humano: por eso es la más importante, por eso es la más difícil. Se trata de “tiempo para otro”, para un “otro” que, además, no está disponible y se escapa a nuestra vista y nuestra imaginación.

Es más fácil leer libros espirituales que rezar; es más fácil predicar y dar catequesis que rezar: la oración es abrir la puerta más grande de acceso al misterio. Por eso, la oración ha sido siempre aquello que la mayoría de los creyentes dejan para el final, aquello de lo que se puede prescindir cuando el tiempo es limitado.

Nos equivocamos. Solo Dios es absoluto, él es lo único prioritario. “Pro orantibus”, es decir, “por una Iglesia que se atreve a rezar y vive del Misterio”.