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20 abril 2024
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Mi historia de querer ser torero, de José Mª Medina, "El Niño del Tentadero"

Las fatigas de un maletilla (y X)

De tentaderos y fin de mi carrera como maletilla

de
Julio César Sánchez

De tentaderos

Ahora viene mi vida por los tentaderos, que para eso me llamo “Niño del Tentadero”.

Empezaré diciendo que yo soy el primero que se anunció con el apodo de “El Niño del Tentadero”.

He leído montones de libros de toreros antiguos, y nunca vi ninguno que se anunciara “Niño del Tentadero”.

El apodo me lo puso un banderillero se Sevilla. Se llamaba Carriles. Fue en la finca de Marcos Núñez.

Él iba con Dámaso González, y ese día tentaban Dámaso y su hermano Julio, que era novillero.

Carriles me dijo “Te veo en todos los tentaderos. A ver si cuando torees novilladas te pones El Niño del Tentadero.”

Le contesté “Maestro, cuando toree la primera novillada, me acordaré de usté y me pondré El Niño del Tentadero.”

Así fue.

Pasando el tiempo, toreé mi primera novillada, en mi tierra, en Albadalejo, a 25 kilómetros de mi pueblo. Y me puse por primera vez José María Medina “Niño del Tentadero”.

Tengo que decir que hay otro “Niño del Tentadero”, que es de Écija, Sevilla, pero ese fue “Niño del Tentadero” después de mí.

O sea, que el primer “Niño del Tentadero” de la historia del toreo soy yo. Pero solo toreé 50 novilladas sin picadores, y dos festivales picaos.

De tentaderos voy a exponer lo malo que me pasó, y también lo bueno, que de todo hubo.

Yo, donde más iba a los tentaderos era por Medina Sidonia, en Cádiz.

Allí paraba en la pensión Napoleón.

Donde más fui fue a la finca de Los Alburejos, de Álvaro Domecq, a Los Derramaderos de Carlos Núñez, a La Quinta, de Fermín Bohórquez, y a lo del Marqués de Domecq, a Martelilla.

En Medina tengo una vivencia muy graciosa.

Estábamos esperando Curro El Gitano y yo para llamar por teléfono.

En la ventanilla pedías turno y te lo daban para llamar en las cabinas. Y allí había uno con un abrigo tres cuartos verde y una gorra.

No se le veía la cara, y Curro y yo dijimos, a ver cuándo acaba el julai este, que ya lleva un buen rato hablando.

Y cuando se dio la vuelta vimos que era Paquirri.

Nos quedamos mudos.

Había llamado a Carlos Núñez para ir a tentar al día siguiente.

Le saludamos y nos dijo “Poneros mañana en la carretera a tal hora y os cogeré para llevaros conmigo al tentadero.”

Así fue. Nos pusimos a la hora que dijo y nos recogió.

Por el camino nos preguntó que si teníamos hambre. Yo le contesté “Maestro, debo tener cinco metros de tripa sin estrenar.”

Le hizo gracia. Me miraba de reojo y se reía.

Yo iba sentao de copiloto, y mi amigo Curro El Gitano detrás.

Paramos en una venta por Vejer de la Frontera.

Cuando entramos la venta estaba llena de gente, y todos saludando a Paquirri.

Nos dijo “Pedir lo que queráis, y a mí pedirme medio bocadillo de lomo en salsa. Y media botella de vino tinto.”

Al rato salimos hacia el tentadero y me dijo, riendo “Ya tendrás menos tripas sin estrenar.”

Llegamos al tentadero. Tentaban seis vacas su hermano Riverita y él.

Durante el tentadero hubo un pequeño problemilla.

Cuando Riverita terminó de torear su vaca pidió que saliera un chaval que había allí, y Paquirri decía que no, que saliera yo.

Empezaron a discutir los dos hermanos. Se pusieron bastante serios, y el ganadero Javier Núñez tuvo que calmarlos.

Yo le dije a Paquirri, que me defendía a mí, “Déjelo maestro, salgo a otra vaca.” Pero contestó “No, vas a salir a esta.”

Así fue. Salí a la que dijo Paquirri.

Gracias a Dios estuve muy bien con ella, porque si llego a estar mal después de la que se lio, no sé qué habría pasado, porque Paquirri era muy duro con los chavales que íbamos a la tapia de aficionados.

No se me olvidará. Me dijo “Bien. Así es como hay que estar.”

Pensé “Madre mía, de la que me he librao.”

Luego, cuando acabó el tentadero, estábamos recogiendo las muletas y me llamó.

Me dijo “Mañana te vas por la mañana a lo de Juan Pedro. Pero tú solo.” Y yo le respondí, “Gracias maestro.”

Al día siguiente fui a lo de Juan Pedro, pero con mi amigo El Gitano.

Dio la casualidad que llegamos a la finca cuando llegaba también Paquirri.

Me dijo, muy serio “Te dije que vinieras solo.” Y yo le contesté “Maestro, es que este chaval es paisano de Valdepeñas, y también mi amigo.” Y sonrió.

 “Bien hecho. Así es como hay que ser. Amigo para todo,” contestó.

En lo de Juan Pedro toreé una vaca muy bien. Sin embargo, hubo un problema; que después de torear la vaca me pidieron cogerla para meterla en los corrales. Pero yo pensaba que aquello era trabajo de los vaqueros, y no la cogí.

Y ahí se enfrió la cosa con Paquirri.

Nos fuimos. Me despedí de él. Le di las gracias y ahí acabó. Ya no coincidí más con Paquirri en el campo.

Otro tentadero con problemas para mí fue en lo de Álvaro Domecq.

Tentaba Paco Camino, pero no pude salir. Toreó dos vacas y estábamos tres tapias. Y además, después de torearlas, ponían unas fundas en los pitones a las vacas y las echaban a los caballos de rejones para entrenar. Así que no toreé.

Pero al irme, en el cordel de vuelta había una vaca de las que había toreao Camino. Se había escapao, y yo, para irme, tenía que pasar por donde estaba la vaca.

Monté la muleta, me fui para la vaca y se me arrancó como una bala.

Le di dos muletazos y al tercero me cogió.

Había una alambrada a los dos laos del camino. Me tiré contra los alambres y me pegó una paliza grandísima hasta que se fue.

Me rompió la ropa y casi me dejó desnudo.

Al poco llegaron los vaqueros gritando y pegándome la bronca.

Yo les dije que la vaca estaba en el camino por donde tenía que pasar. Pero nada. Seguían insultándome.

Dije “Encima de no torear en el tentadero, me llevo un paliza de la vaca y una bronca de los vaqueros.”

Días más tarde, una mañana, tomando café en el par de la pensión, entró el mayoral de Álvaro Domecq, y empezó a decirme que no se me ocurriera ir más por Los Alburejos.

Yo no me callé. Le dije “Ni puta falta que hace. A ver si te piensas que voy a salir torero en esa finca.”

Y ahí quedó la cosa. Pero no me achanté por ser el mayoral de la finca de Álvaro Domecq.

También tuve otro altercado en la finca de Martelilla, del Marqués de Domecq.

Tentaban seis vacas Fermín Murillo y Rafael de Paula. Pero cuando me tocaba salir a mí, un tal Gaona, de Jerez, dijo que salía él. Yo le dije que, por turno, me tocaba a mí. Y él: “Salgo yo porque soy amigo de Paula.”

Le contesté “Tú serás amigo de Paula pero me toca salir a mí.”

Discutimos y salimos los dos a la vaca.

Empezamos a torearla a la vez como si fuera una capea.

Al final a mí me echaron de la finca, y al otro lo dejaron torear porque era de Jerez y amigo de Paula.

Así de mosqueao acababa yo en muchos tentaderos.

Con el trabajito que me costaba llegar a las fincas, muchas veces a pie, y algunas veces al final no toreaba por los recomendaos.

Un día, como no tenía coche, me dije “Me voy a la finca de Fermín Bohórquez.”

Salí andando de día y llegué de noche.

Entré en la finca con el maco al hombro. Se llamaba, y todavía se llama, Fuente Rey.

Entré por un camino y se pusieron los perros a ladrar.

Me fui de allí y acabé en un cortijo que se llamaba Las Piletas, que también era de Fermín Bohórquez, donde tenían plantada remolacha, cebada y trigo.

Llegué a Las Piletas y los perros también se pusieron a ladrar.

Salieron los vaqueros boceando. Decían “¿Quién? ¿Quién es?”. Tenían una escopeta. Les dije “Soy un novillero que viene a pedir trabajo.”

Al final se calmaron.

Llegué al cortijo. Tenían poca luz. Les dije de dónde era, que iba buscando trabajo y, al mismo tiempo, algún tentadero.

Yo era muy joven y se entregaron conmigo. Me dieron de cenar y una cama vieja para dormir.

Al día siguiente me puse a trabajar escardando remolacha con una cuadrilla de Ronda.

Estuve en la finca de Fermín Bohórquez dos meses.

Hice amistad con el mayoral. Me dijo “Cuando haya tentadero te avisaré.”

Les caí muy bien a todos los del cortijo.

Un día, Luis Miguel Dominguín fue a tentar cuatro vacas. Estaba yo solo de aficionado y salí a las cuatro.

Cuando acabó el tentadero, Luis Miguel le preguntó a Fermín Bohórquez si me conocía. Le dijo que sí, que trabajaba allí, en la finca. Y Dominguín le pidió “Ayúdale en lo que puedas. Este muchacho tiene muy buenas condiciones.” Y Bohórquez dijo que sí, que me ayudaría.

Esto no lo vi yo en directo, sino que me lo contó el mayoral al día siguiente, que sí estaba presente cuando Dominguín se lo dijo a Fermín Bohórquez.

Pero todo se fue al garete (o a otro sitio), porque al poco tiempo recibí una carta para irme al servicio militar, a la mili, que en aquellos años era obligatoria. Me tocaba irme a Cartagena.

Todo se fue por los aires.

Parecía que la suerte me podría empezar a guiñar un ojo, que había encontrado a alguien que me podía ayudar, una persona con influencia y fuerza, y al final…

Cuando se lo comenté a Fermín Bohórquez me contestó “Qué pena. Ya te estaba preparando novilladas. Ibas a torear una mía el mes que viene en Chiclana de la Frontera.”

La mili me hizo polvo.

Tuve que ir a Cartagena, donde hice dos meses de instrucción, y después a Rota, Cádiz, a un barco. Se llamaba Dédalo. Y yo no sabía ni nadar.

Recorrí bastantes puertos, y cada vez que el barco se hacía a la mar, yo mareao.

Como estaba tieso, pregunté a un marinero que dónde se pasaba mejor la mili. “Cuando estás tieso –me dijo- lo mejor es de camarero.”

Así que me hicieron una prueba que era, en una copa de vino blanca, me preguntaron dónde echaría yo el vino tinto. Respondí que en la copa blanca se echa el vino tinto, y en las oscuras se echa el vino blanco.

Con esa prueba entré de camarero con los oficiales.

Estando en el Dédalo aproveché una ocasión en la que estaba solo con el comandante. Le pedí que me diera permiso algún día porque estaban mis padres en el hospital.

Era mentira, pero conseguí que me diera dos meses de permiso, y me fui de capeas.

Otro tentadero para olvidar fue en lo de Germán Gervás, en Jaén.

Había treinta vacas para tentar. Tentaban Utrerita de Málaga, Fernando Tortosa, de Córdoba, y Majano. Diez vacas cada uno. Estábamos otro y yo de aficionados, nada más.

Habíamos ido quince kilómetros andando, cuesta arriba y cuesta abajo por la Sierra de Andújar, y cuando iba a empezar el tentadero el ganadero nos ordenó que nos fuéramos, que no íbamos a torear.

No nos lo podíamos creer.

Para que se apiadara de nosotros le pregunté “Ganadero, hemos venido quince kilómetros andando, hay treinta vacas. Estamos dos aficionados solamente, y ¿no nos va a dejar torear?”

“Así es”, contestó el cabronazo. Y nos fuimos.

Eso sí, le hicimos una putada grande.

Por el camino de vuelta, sin que nos vieran, abrimos las cancelas y juntamos los toros con las vacas.

Aquella fue gorda, porque tener que separar luego todo aquello…

También hubo tentaderos buenos. Algunos.

Uno, por ejemplo, por mi tierra, en Villamanrique (Ciudad Real), en la finca Sabiote, del ganadero Eugenio Frías. Un día fui de aficionado y salí a una becerra. Estuve muy bien, y al final toreé cuatro vacas enteras.

En los tentaderos he salío a vacas de grandes toreros, como por ejemplo en la ganadería de Miura a una de Pepe Luis Vázquez padre, que toreó mucho con Manolete. De aquel día guardo un recuerdo muy bonito porque, cuando acabó el tentadero y estábamos recogiendo los trastos, se acercó Pepe Luis Vázquez y me dijo “Muchacho, no te aburras, que has pegao naturales muy buenos.”

También recuerdo tientas de Miguelín, de Paco Camino, de Luis Miguel Dominguín, de Antonio Bienvenida, de Paquirri, de Curro Romero, de Rafael de Paula…

Una vez salí a una vaca de Niño de la Capea, en la ganadería de Galache, en Salamanca, y me dijo Capea “Chaval, andas mejor que yo con la vaca.”

Recuerdo tentaderos en los que la gente salía hablando de mí, pero no encontraba a nadie que decidiera apoderarme. Y yo me preguntaba “¿Por qué será que todos salen hablando de mí pero nadie me apodera?” Y eso me cabreaba mucho.

Y es que yo tenía un defecto; acababa de torear y no hablaba con nadie. Era muy tímido. Y sigo siéndolo. No tenía labia. Y eso no ayudaba para encontrar apoderado o a alguien que me ayudara.

Vean los sitios que he recorrío de capeas: Valencia, Castellón, Cáceres, Badajoz, Albacete, Cuenca, Ciudad Real, Guadalajara, Toledo, Madrid, Zamora, Valladolid, Burgos, Soria, Segovia, Salamanca, Portugal, Jaén Córdoba… ¡Y sin carnet de conducir!

Habré pisado mil plazas de carros y habré ido a quinientos tentaderos. Dormí en muchos de los pajares que había en España, me tiré años enteros durmiendo como pude en ellos, comiendo bocadillos, sin ver una cuchara en meses…

Habré hecho un millón de kilómetros de las formas más increíbles, con el maco al hombro, pasando frío, también mucho calor, vagando en busca de un sueño, todo por el hambre de torear y llegar a ser como El Cordobés o como Palomo Linares.

No lo conseguí. Es cierto. Pero siempre viví en torero y me sentí torero. Y sigo haciéndolo.

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