La venta de Borondo

Edificios construidos

Edificios construidos

El edificio conserva en su estructura todo un repertorio de sistemas constructivos tradicionales que son modelo de la forma de construir en un medio singular como La Mancha/D. Peris

Las ventas fueron en los siglos XVI al XVIII referentes importantes en el territorio definiendo hitos, estableciendo acentos en los caminos que recorrían la Península. Eran los albergues necesarios para poder recorrer las distancias que los medios de transporte permitían en esos momentos. Y aunque hayan desaparecido esas condiciones, permanecen en el territorio como señales, como marcas que nos hablan de la ordenación y de las referencias en el conjunto de nuestro paisaje

En 1998, José Aranda Aznar publicó el libro La Venta de Borondo. Nacido en Bolaños de Calatrava en 1942, economista y estadístico del Estado ha publicado diferentes novelas. A “La culpa” publicada en 1980 le seguirán “El que habita el infierno” de 1987, “Gemidos muertos” de 1991, “Mi ausencia” de 1992, “Memorias para la memoria” de 1993, “Bandoleros” de 1995, “La venta de Borondo” de 1998 y “Merino el Guerrillero” del año 2000.

El libro de la Venta de Borondo se ha reeditado ahora en 2017 manteniendo presente la actividad literaria de Aranda y como recordatorio de los valores de este edificio singular que se quiere mantener vivo y para lo cual lucha la Asociación Cultural Venta de Borondo.

Las ventas

Las ventas fueron en los siglos XVI al XVIII referentes importantes en el territorio definiendo hitos, estableciendo acentos en los caminos que recorrían la Península. Eran los albergues necesarios para poder recorrer las distancias que los medios de transporte permitían en esos momentos. Y aunque hayan desaparecido esas condiciones, permanecen en el territorio como señales, como marcas que nos hablan de la ordenación y de las referencias en el conjunto de nuestro paisaje.

Son referentes de la arquitectura tradicional manchega. El edificio de la venta de Borondo dejó de tener sus funciones como venta ya hace más de doscientos años. Desde entonces su uso como casa de labor, como albergue de tareas agrícolas ha ido cambiando y modificando su fisonomía. Muchos de sus espacios se han transformado, han cambiado sus funciones, se han añadido nuevas dependencias y nuevas actividades han conformado un conjunto especialmente complejo, con cerca de mil metros cuadrados de superficie. Pero todos esos cambios han conformado un conjunto construido que tiene una armonía en su globalidad y que, en esas modificaciones, en esos cambios y superposiciones ha llegado a nosotros como un modelo de tipología constructiva con el cuerpo principal de la casa patio y los añadidos de diferentes épocas y usos. Esas alteraciones, esos cambios realizados en el tiempo acaban conformando uno de los valores esenciales de la arquitectura que podemos ver en la actualidad.

 

El edificio construido

El edificio conserva en su estructura todo un repertorio de sistemas constructivos tradicionales que son modelo de la forma de construir en un medio singular como La Mancha. Muros de tapial, elementos de revestimiento de paramentos, carpinterías de madera de puertas, ventanas, estructuras de madera en cubiertas, pavimentos de piedra… Y a ello se añade la superposición de elementos de arquitectura culta que en algún momento quieren dar una nueva dimensión formal y representativa al edificio.

Aranda presenta en su libro el proceso de restauración del edificio. Celia, la arquitecta, que llega al municipio por casualidad en una noche de lluvia ve la venta y la describe así: “Yo sólo la he visto por fuera, pero parece un edificio del siglo XV o XVI porque la forja de las ventanas es de esa época y, además, por los materiales usados en los tapiales. Tiene unas dimensiones muy grandes y, sin embargo, guarda una gran armonía de formas”. Don Juan está convencido de que es la venta que aparece en el Quijote y por ello quiere restaurarla para que sea su residencia en los últimos años de su vida.

Edificios de la máxima sencillez que aparecen como acentos de un paisaje sobrio y austero. En un entorno sin referentes, la venta es la que acaba definiendo el paisaje y la que debe relacionarse con el medio natural de forma que el diálogo enriquezca mutuamente su presencia. Por ello don Juan, cuando el edificio está restaurado se preocupa por si el edificio se ha integrado en su entorno. “Espero que haya conseguido integrar la Venta con el paisaje” le dirá a Celia cuando ésta ha terminado la restauración del edificio.

 

Bien de interés cultural

Los valores son reconocidos y apreciados por la comunidad y por ello se constituye una asociación para la defensa y mantenimiento del inmueble. Valores que han sido reconocidos colectivamente con la declaración del conjunto como Bien de Interés Cultural. Una declaración que es un reconocimiento de su interés, pero que debe ser también un compromiso para su mantenimiento y conservación. Compromiso asumido por los ciudadanos y por las administraciones que los representan: local, provincial y autonómica.

El licenciado de la obra de Aranda quiere usar la declaración como sistema para impedir que se haga nada en la misma. “Si declaramos la zona de interés histórico no cabe rehabilitar ni nada que se le parezca, al menos hasta concluir las excavaciones”. En la primera reunión de Celia, arquitecta, con el concejal y el licenciado Celia quiere explicar las diferencias entre restaurar y rehabilitar. Pero sobre todo quiere explicarles el valor de recuperar el edificio, de mantenerlo en adecuadas condiciones conservando sus valores históricos y permitiendo la vida de nuevo en sus espacios. La declaración, las situaciones legales de propiedad no pueden ser obstáculos para su conservación sino todo lo contrario.

 

La arquitectura y la memoria

La arquitectura construida para dar respuesta a las necesidades funcionales de la sociedad tiene también funciones en relación con nuestra percepción del tiempo. No es solamente el cronómetro que nos indica el tiempo en que ha sido construida. Es una llamada a nuestra percepción personal del tiempo y de su transcurrir. Nos ayuda a vivir en un tiempo determinado y a experimentar personalmente esa presencia. La vida del edificio de la Venta de Borondo nos habla de tiempos pasados, de siglos de permanencia y cambios en los que su realidad construida se ha ido adecuando a las nuevas necesidades funcionales y a las adecuaciones a las técnicas constructivas de cada momento

Las construcciones humanas también tienen el deber de preservar el pasado y darnos la posibilidad de experimentar y ser conscientes del trascurrir de la cultura y la tradición. No existimos solamente en una realidad material y espacial, también habitamos realidades culturales, mentales y temporales. La arquitectura es esencialmente una forma de arte de la reconciliación y la mediación, y, además de situarnos en el espacio y en un lugar, los paisajes y los edificios articulan nuestras experiencias de la duración y del tiempo entre los polos del pasado y del futuro. De hecho, junto a todo el legado literario y artístico, los paisajes y los edificios constituyen la exteriorización de la memoria humana más importantes. Comprendemos y recordamos quiénes somos a través de nuestras construcciones, sean estas materiales o mentales dice el arquitecto finlandés Juhanni Pallasmaa.

En la Venta de Borondo se funde la experiencia literaria del libro de Aranda con la realidad construida. Y ahora también con el empeño y la ilusión de la Asociación Cultural Venta de Borondo que lucha por conseguir recursos e implicaciones para mantener en pie un edificio testimonio de la arquitectura popular, de la vida de determinados momentos y del paisaje de la Mancha.